La librería de Chelo

Este es el blog de Chelo Puente, donde descubrirás algo sobre mí a través de las palabras escritas y leídas.


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Decía mi abuela…


 

Decía mi abuela que para descansar sólo había que cambiar de trabajo, y éso es lo que solemos hacer en las vacaciones. En lugar de pasar los días en la rutina cotidiana, cambiamos nuestro trabajo.

Aprovechamos los días de nuestras merecidísimas vacaciones para viajar, por ejemplo. Si decidimos visitar alguna nueva ciudad, exprimimos nuestro tiempo al máximo. Si podemos, tomamos el primer vuelo (madrugón garantizado) y nos volvemos en el último, por aquello de aprovechar al máximo. Madrugamos para ponernos en marcha, caminamos por la ciudad -plano en mano- todo lo que nuestras fuerzas nos permiten, porque de todos es sabido que pateando las calles, es como mejor se conoce un lugar. Cuando tomamos un medio de transporte, lo hacemos por necesidad, porque la distancia es demasiado larga, o bien porque queremos tener -también- una opinión sobre ellos, es entonces cuando nos preguntamos si será muy diferente el Metro de Londres del de Madrid, por ejemplo y empezamos a bajar las escaleras.

Y así vamos disfrutando de nuestros días libre -al menos yo los disfruto así- por partida triple. Primero: preparando el viaje. Segundo: viviendo el viaje. Tercero: recordando el viaje.

Finalizada nuestra andadura, regresamos agotados, habiendo trabajado un montón, pero con esa carita de satisfacción de haberlo pasado genial y con fuerzas para empezar una nueva vuelta al cole.


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Sabor a mar…


De Algeciras a Estambul pintas mis días de azul… me dejo mecer en tu vaivén, me dejo abrazar por tus olas, me impregnas de sal cada poro de mi piel. Me siento en la orilla y tu brisa seca las gotas de agua y tus olas bañan mis pies, que se hunden poco a poco en tu arena. La mirada perdida en el horizonte, con la vista dirigida siempre a la izquierda, quizá porque a la derecha te alejas hasta desaparecer a pocos kilómetros, quizá porque hacia la izquierda te queda mucho viaje por hacer. Es entonces cuando te veo llegar -blanca, agitada, altanera, llena de espuma- vienes con ganas de romper con fuerza y recoger todos mis anhelos. Llévame contigo, ola, llévame a recorrer todos aquellos preciosos lugares que ya vi alguna vez y a aquellos donde nunca estuve. Podías llevarme cabalgando en tu lomo a ver a mi amor, pero ya lo sé, quieres ir sola -en absoluta libertad- para bañar arenas, para pulir rocas, para mecer barcos, para salar pieles, para susurrar al oido…

Estoy segura de que esta noche dormirás en aquella cala solitaria de Cadaqués, al abrigo de las rocas; pasearás tu andar altivo por las playas de Niza; te impregnarás de siglos de historia al bordear Italia; te llenarás de belleza al pasar por Grecia y recorrer sus pequeñas islas; llegarás a Estambul al atardecer, cuando el muhecín llame a la oración, cuando su luz convierte la ciudad en irreal; en Alejandría, esperarás la llegada de las aguas del Nilo que te traerán noticias de los viajeros; pasarás por Túnez, y quien sabe si no acariciarás un ánfora sepultada durante siglos en las arenas del fondo del mar de Cartago. Y después de este viaje, volverás a mi playa, donde te esperaré anhelante en la orilla para que me cuentes tu viaje. Llegarás exhausta, impregnada de la belleza de tu recorrido -suavizada y tímida- te acercarás a bañar mis pies… Cuéntame ola, cuéntame lo que has visto, qué poemas nuevos encontraste… No te oigo, ola, me hablas tan bajito… ¿me traes un mensaje?… ¿sí?… ¿has recorrido miles de kilómetros con un mensaje para mí?… ¡vaya!, pero si es un beso de mar…  ¡Gracias, ola!… y entonces percibo una suave brisa en la nuca, una caricia en el cuello y en los labios, un sabor a mar…

2011© CheloPuente


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Iguales pero diferentes…


 
Un sonido insistente me distrae de la lectura. Aparto la vista y a pocos metros observo a un nene rubito de unos cinco años -de pie frente a su mamá- llora bajito pero desconsaladamente, casi no se le oye. Su madre permanece sentada en la toalla, impasible, sin que ningún músculo de la cara denote expresión. Sólo le dice una frase en un idioma que no entiendo, creo que es noruego o finés. El niño sigue llorando desconsolado.
 
Al otro lado, otro niño de la misma edad llora también desconsoladamente…
 
– Buaaaaaaaa. Cómprame un heladooooooo -grita el pequeño.
– He dicho que no -le dice su madre.
– Buaaaaaaaa, ya no me quiereeeeees.
-¡¡No te voy a querer, si te he parido!! -y le abre los brazos.
El niño acude a su abrazo y se cobija en su pecho tamaño amarcord.
– ¿Esta tarde me lo vas a comprar? -insiste el nene.
– Esta tarde te lo compraré si te comes toda la merienda, pero ahora no.
y el niño deja de llorar y sale corriendo al agua, a saltar olas.
 
Yo también me voy al agua -me encanta saltar olas- y cuando salgo, el pequeño sigue saltando y riendo bajo la mirada atenta de su madre en la orilla, que le abraza cada vez que le tumba una ola. El nene rubito sigue llorando bajito y deconsoladamente, y su madre continua impasible sentada en la toalla a un metro de distancia física, a una distancia socialmente correcta…
 
Chelo Puente, agosto 2011


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Hay algun@s queee…


 
Estamos esperando que salga en pantalla la vía de nuestro AVE y a mi lado está sentada una pareja joven con dos niños, una nena de unos siete años y un nene de unos cinco. El papá enseña a la niña como mirar en la pantalla la vía del tren, y, con el fin de tenerla entretenida -supongo- le dice que cuando salga la vía que les avise. Ella (la niña) se queda fijamente de pie mirando la pantalla unos segundos, hasta que decide volver a los asientos, coge la maletilla de ruedas, se la lleva delante de la pantalla, la pone horizontal y se tumba sobre ella -una niña con recursos, pienso.
 
Cuando se abre el control se forma una fila enorme, y yo estoy detrás de ellos. Un minuto después, un empleado indica que se abre otro control y que a partir de aquí -cuatro puestos delante de los nuestros- pasen al otro control. Curiosamente, un «señor» que estaba plácidamente sentado, se levanta cual resorte y se cuela literalmente delante de estos papás con los nenes. Los papás se miran y me miran, como diciendo «que fresco, no» pero no dicen nada. Me indigna la gente «aprovechona» así que, toco suavemente su hombro y…
 
– Disculpe, pero creo que no debe ponerse aquí… -le digo educadamente.
– No sé por qué no -me responde airado.
– Por tres motivos:
1 – porque no ha guardado su turno…
2 – porque no debería ponerse delante de estos señores que llevan niños pequeños y tienen preferencia…
3 – porque es pésima educación colarse…
¿le parecen suficientes, o le digo alguno más?
 
Salió de la fila y volvió a sentarse.
 
– Daba igual, pero ¡gracias! -me dice la mamá.
– De nada, es que no soporto la mala educación, ni a la gente que no tiene en cuenta a los niños…
– ¡¡Gracias!! -dice el papá mientras sale detrás del pequeño que ha echado a correr hacia las escaleras…

Chelo Puente, agosto 2011.


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No creas que…


Estaba hace unos días una tarde en la playa, cuando llegó una chica joven monísima y se quedó instalada cerca de donde yo estaba. Llevaba una camiseta que decía No creas que porque vengo sola…»en la parte delantera. El mensaje atrajo mi atención, y disimuladamente esperé a que se diera la vuelta, por ver si continuaba la frase, y efectivamente continuaba en la espalda … quiero ligar contigo, de forma que si unimos ambos mensajes, el texto completo sería «No creas que porque vengo sola, quiero ligar contigo». Qué curioso -pensé- porque -realmente- puede ser una forma de ahuyentar o de todo lo contrario, de captar la atención.

Cuando ya estaba sentada, tomando el sol, se le acercó un chico -más bien feito- que estaba relativamente cerca…

– Es una pena, porque yo tengo momentos en que soy encantador… no muchos, pero algunos sí y podría charlar un rato contigo -le dijo.
– Pues a mí me encantaría charlar un rato contigo… por simpático y por agradable -le contestó.

Unas horas después -cuando el sol se ponía sobre las aguas mediterráneas- recogí mis cosas y me dispuse a marcharme de la playa. Volví la mirada y vi que aquellos dos jóvenes seguían en animada conversación, quien sabe si haciendo planes para cenar juntos aquella noche…


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A través del espejo…


 

Sólo llevo cinco horas de vacaciones, pero ya lo tengo todo preparado, así que decido irme para la estación, no vaya a ser que me pase como el otro día que tuve que correr para coger mi AVE. 

Tomo un taxi que me llevará hasta la estación. Parados en el siguiente semáforo se inició esta conversación:

– ¿Ya terminó sus vacaciones? -me pregunta el taxista.
– No, que va… si las empiezo ahora – le respondo.
– Ah, perdón, es que me pareció que las terminaba -me dice mirándome por el retrovisor.
– ¿Y éso?
– Porque tiene usted cara de tranquilidad, y generalmente la gente que empieza las vacaciones, tiene cara estresada.
– Supongo que pensar en unos días de vacaciones, me da tranquilidad.
– ¿Sabe usted? a través de este espejo, se ven muchas cosas.
– Ya imagino…
– Uno sabe enseguida, si la persona va a una reunión importante, si va de compras, si está triste, si viene de vivir un buen momento… muchas cosas se ven, por no decirle las cosas que me cuentan, que a veces me pienso que soy como un confesor…
– ¿Sabe?, mi abuela hubiera dicho que la cara es el espejo del alma -le digo con una sonrisa.
– ¡Ve!, además tiene usted una bonita sonrisa.
– Muchas gracias.

Chelo Puente, agosto 2011