La librería de Chelo

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Lo único positivo.

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Que Madrid está atestado de gente de fuera estos días, es algo que a nadie sorprende ya. Si entras en El Retiro apenas se puede pasear; carpas, escenarios, pantallas gigantes y consignas, lo inundan; los niños hacen quiebros con sus bicis para no llevarse por delante a los píos visitantes. A los patinadores apenas les queda sitio en el Paseo de Coches, dado que la mayor parte de él está acordonado y protegido por furgones de la Policía Nacional, al estar ocupado por los doscientos confesionarios donde -estos días- redimirán almas y abolirán excomuniones, si el arrepentimiento es profundo. 

Visto lo anterior, lo cruzo rápido camino del Museo del Prado para recoger mi tarjeta anual de museos y -de paso- darme una vueltecita por allí. Voy pensando en qué zona habrá menos gente, qué salas tendrán menos peregrinos, así que descarto Goya, que seguro que es uno de los más visitados; también descarto El Greco, por aquello de la espiritualidad que seguro que atrae a los miembros de las JMJ2011; también descarto Velázquez, por su fama mundial, pero no puedo entrar en el Prado sin saludar a Las Meninas, y digo saludar porque un grupo de chavales con banderas, identificativos y uniforme tipo los de las colonias de mi infancia, impide un acercamiento a menos diez metros de distancia, así que le hago un guiño a Mari Bárbola y le digo… ya os veo otro día. 

Me doy una vuelta por la pintura italiana y recalo en Tintoretto, delante de El lavatorio. Una gran suerte, no hay nadie delante y además hay un banco enfrente, así que me siento a contemplarlo. Siempre me gustó especialmente este cuadro, los colores, el suelo embaldosado, la perspectiva, el escorzo de la mesa, la posición de los apóstoles, el fondo de grandiosa arquitectura, lo cotidiano y casi irreverente de la escena -tratada a modo de una cena de amigos-, y -sobre todo- la escena principal de Cristo, Pedro y Juan en una esquina del cuadro, como si quisiera quitarle importancia. A pesar de ser una escena religiosa, Tintoretto le restó aquella solemnidad de la que se solía dotar a los temas religiosos, quizá por éso -la obra- no estaba totalmente rodeada, o quizá por éso me gusta tanto.

Cuando pienso ya en irme, recuerdo que la obra invitada es El Descendimiento, de Caravaggio, una de las obras más importantes de este pintor, donde se representa la escena en la que se deposita el cuerpo -ya muerto- de Cristo en la losa de piedra para comenzar la ceremonia de embalsamar el cuerpo. Detrás de ellos, tres mujeres lloran su muerte de forma diferente; María, su madre, con un dolor resignado; María Magdalena, con un dolor desesperado; y María de Cleofás, con un dolor a modo de plegaria. Mirarla ejerce una fascinación especial; el tratamiento del cuerpo de Cristo, influído por la anatomía del de La Piedad, de Miguel Ángel; los colores de los ropajes; la expresión de los rostros; las sombras y las luces incidiendo en puntos concretos como si fueran los focos en un escenario de teatro, dotando a la escena de un tenebrismo, que hace realmente fascinante la obra de este pintor homosexual, criminal perseguido, pendenciero pero excepcional, que murió con sólo 31 años.

Ya vi este cuadro en el Vaticano, y ahora ha sido prestado por los Museos del Vaticano al Museo del Prado, con motivo de la venida del Benedicto XVI a Madrid, para mí lo único positivo de tan espectacular visita…. tener -por unos meses- El Descendimiento, de Caravaggio y volverlo a ver, esta vez “en casa”.

Chelo Puente, agosto 2011.

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Autor: Chelo Puente

Aprender que con certeza, nada tengo que no me des, a conseguir que el corazón se conmueva siempre por el frágil gesto de la belleza. Aprender que sólo soy si tú existes, y es esta la medida que quiero y me define. Aprender para saberse desprender, he aquí el viejo secreto. Aprender... (Fragmento de "Aprendre", poema de Lluis Llach)

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